Ficción: "Uncia uncia"

Cuando lo que más teme finalmente pasa, no queda otra cosa para el humano que desgarrar su propia piel y cambiarla. Miré los cuerpos yaciendo inertes a mis pies, su vida desparramada por toda la alfombra y pensé que no me habría imaginado cambiar tanto.
No estoy segura de recordar precisamente cómo era antes de ellos, pero busco con insistencia hacerlo, creo que se lo debo a ese anterior “yo”. La costumbre de la especie dicta enterrar al muerto y eso intento hacer contándoles esta historia.
Quería creer que me había tomado cien días mutar, que no había sido de un momento al otro, pero tengo que admitir y admitirme que eso es una mentira. Para mí todo cambió en un segundo, fue en ese segundo en que tomaron una decisión por mí y no después. Creo que la primer mancha, si hubiera tenido la lucidez para observar mi cuerpo desnudo y no volverme loca, la hubiera notado cuando me tiraron en el descampado. De cualquier forma puedo recordar la fuerza con la que mi cuerpo golpeó el suelo, porque sí, yo lo golpeé.
Buscar en mis memorias difusas me da calma, todavía siento náuseas cuando repienso todo, y eso significa que algo conservo. Sé que los primeros días fueron confusos, los pasé entre hospitales y comisarias, declaraciones y jeringas. Prefería estas últimas, pensar me hacía vomitar. Entonces pasó, uno de los médicos que me revisó la encontró, estaba ahí, un poco clara pero inconfundible. Por suerte él la tomó como un moretón.
Al principio hallaba una mancha nueva por día, pero después se comenzaron a multiplicar a mayor velocidad y en menos de tres semanas estaba cubierta de ellas. Al mes y medio ya eran negras. Por alguna clase de bondad de la naturaleza no me habían salido en la cara.
Ese día era el que mi papá me miró con tristeza, no creo que adivinara exactamente qué pero sabía que yo no era la misma. Venía con malas noticias, habían llamado de la fiscalía, iban a cerrar la causa por falta de pruebas. Agarré el jarrón chino de la abuela y lo estrellé contra la pared. Un silbido bajo salió de mi pecho y se escapó por mi boca. Me encerré en mi cuarto. Había creído que la falta de recuerdos era una dicha, pero ahora la odiaba.
Dos meses más pasaron y yo había vuelto a salir a la calle, pero ya no pertenecía a ahí. Todos los autos, los ruidos, las personas apuradas me molestaban, sentía que mi cabeza no soportaba tanto volumen. Además me habían salido pelos y los pelos se habían agrupado y ahora era un pelaje, uno muy extraño el que me cubría. El primer día que me miré al espejo con semejante pelambre me acordé del jardín de infantes y cómo la maestra nos había preguntado qué animal queríamos ser, como si hubiera una forma posible de que lo fuéramos. Todos habían contestado que perros o gatos, conejo el más osado, yo dije leopardo de las nieves y la señorita me miró con miedo. “Es muy lindo”, añadí para que sacara la cara de susto, pero creo que no me creyó. Ella vio algo en aquel momento y al final tenía razón.
Crucé la calle y ahora estaba en una plaza, me dolía mucho la espalda y las costras en mis manos dificultaban agarrar la cartera. La tiré y me tiré. Caí doblada en dos y pasó lo inevitable. Lo había temido pero también esperado, un destino solitario para una persona que siempre lo había sido. Como último regalo de mi ex humanidad volvieron a mí todos los recuerdos perdidos y supe entonces el por qué de todo.
Los fui a buscar, si tenía suerte y esta noche me sentía así iban a estar todos juntos. Mis músculos se tensaban sin esfuerzo, mis patas aceleraban, la cola me equilibraba, estaba hecha para esto. Llegué fácilmente y casi hubiera querido tener alguna duda, pero no la tuve. Escuché sus risas y mis ojos se entrecerraron, no quería que volvieran a emitir ese sonido. La puerta estaba entreabierta y con la fuerza de mi cuerpo golpeó contra la pared. Se dieron vuelta. Primero no reaccionaron. Después gritaron. Tenían miedo, pero estaban ebrios y yo era muy veloz. Uno de ellos agarró una escoba en un inútil intento de defensa. Lo mismo dio. Un salto a la yugular y cayó. El otro simplemente aceptó lo que le tocaba.
Giré y me encontré con ella. La peor, la que me había entregado. No le guardaba piedad. La arrinconé y con mis ojos felinos la miré por un largo rato, enseñándole los dientes. Me reconoció y se largó a llorar. Suplicó por su muerte. Pero a ella la dejé viva, temblando, con los ojos bien abiertos, desorbitados, reflejando el miedo de que la Uncia uncia bajara de Los Andes y la volviera a buscar.

¡Hasta la próxima! ;)

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6 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Muchísimas gracias, Jorge, me alegra que te haya gustado

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  2. Guauuu me encanto y me dejo con ganas de más, muy interesante. ;)

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    1. Hola, Valeria, muchísimas gracias por haberte tomado el tiempo de leerlo y darme tu opinión. Me pone muy contenta que te haya gustado <3
      Cariños.

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  3. Estoy mirando muchas entradas del blog jeje y me encanta! Me encantó la historia! quiero mas!

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    1. ¡Ay, mucha muchas gracias, Vero, de corazón! Tus palabras son muy lindas, gracias por tomarte el tiempo de leerlo.
      Tengo algunos escritos más en el blog publicados, pronto subiré más :D
      Cariños

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